Diamantes de sangre
África es un continente que vive en una convulsión continua, a las numerosas guerras civiles que han azotado a muchos de sus países, se suman las crisis humanitarias derivadas de la peor sequía de los últimos 50 años o el incremento de los precios de los alimentos básicos.
Somalia es uno de los países que más crudamente sufre a causa de ambos factores, y actualmente está en una situación insostenible que debería remover las conciencias de todo el mundo, dirigentes y personas de a pie. Lo malo es que llegan tantas noticias trágicas desde África desde hace tantos años que parece que ya forman parte de nuestro panorama informativo, podríamos catalogarlo como una sección más de los telediarios, ya no impresionan, y el mero hecho de que el sufrimiento humano extremo ya no nos impresione es una derrota moral de proporciones gigantescas en sí misma.
África es el continente donde todo empezó, y siempre ha estado rodeado de un áura de magia y misterio, lo llaman el continente de la luz y los colores, y sin duda lo es, el verde de las praderas parece más intenso y el azul del cielo brilla con una intensidad especial. Quizá sea el tributo que se le debe al lugar que vio el inicio de nuestra andadura. Pero hay otro color que desgraciadamente también brilla más que en cualquier otro lugar, y es el rojo de la sangre de demasiadas víctimas, muertes de personas inocentes, mujeres, hombres y tristemente demasiados niños.

El cine se ha encargado de llevar a la gran pantalla multitud de historias que reflejan la cruda realidad de lo que allí ocurre, una realidad que sacude nuestras conciencias, pero cuyo efecto parece ser excesivamente transitorio en el mejor de los casos, apenas una charla más o menos reflexiva en el camino del cine a casa.
Películas como Hotel Ruanda o Disparando a perros nos hicieron sentir el horror del genocidio cometido impunemente en Ruanda en 1994, cuando la etnia dominante de los hutus intentó exterminar a los tutsis, y de hecho casi lo consiguió. En aquél sinsentido murieron alrededor de 800.000 personas. Cruda también fue la venganza, aunque en cifras infinitamente menores, aunque si hablamos de vidas humanas una sola muerte sin razón ya debería ser demasiado.
Otro de los tristes episodios es el que tuvo y tiene lugar en Sierra Leona, y en el que tuvieron un papel protagonista los diamantes. A causa de la especulación de las grandes empresas comerciantes de diamantes occidentales se empezó a comerciar con esas piedras preciosas provinientes de zonas en conflicto armado como Sierra Leona, donde las guerrillas del Frente Revolucionario Unido (FRU) hicieron de la tortura y la mutilación una forma de poder con la que someter a una desamparada población civil.
En ese marco se desarrolla Diamantes de sangre, con un Leonardo Di Caprio en la piel de un mercenario busca vidas y Jennifer Connelly interpretando a una comprometida periodista que se jugará la vida por sacar a la luz los crímenes que se cometen en suelo africano bajo los hilos invisibles que se manipulan desde Europa y EEUU.

Una de esas películas que sacude conciencias, o debería…