Hermann Hesse, el genio alemán de espíritu oriental
Hermann Hesse representa la cultura europea en toda su extensión. Este prolífico novelista alemán cultivó incansablemente el género, así como la poesía, la pintura y sobretodo el espíritu, pues esa fue su verdadera contribución a las personas, ese ansia por acercar a las mentes europeas la sensibilidad, espiritualidad y tradiciones orientales.
Junto al psicólogo Carl Gustav Jung fueron los instigadores, junto a varios pensadores más, de la aproximación a aspectos menos materialistas de la existencia humana, tan alejados de la atmósfera reinante en la Europa de su época. En aquellos tiempos de guerras mundiales, revolución industrial y auge del materialismo supuso una bocanada de aire fresco la introducción en el viejo continente de las obras y pensamientos de los sabios hindús, budistas, taoístas…
Hesse nació en el seno de una família tremendamente religiosa, pero pronto se desligó de ella, trasladándose a Suiza para vivir según sus convicciones, según lo que él llamó su credo, una filosofía de vida que sentía muy profundamente y a la que quería dedicar su vida aunque le supusiera ir en contra de todo lo establecido, de su familia o sus amigos.
A partir de ahí se forjó un carácter batallador contra la injusticia y tremendamente lúcido para trasladar ese pensamiento al papel, a unas generaciones que vivían encerradas en si mismas y de espaldas al mundo exterior.
Entre sus obras cabe destacar Demian, obra que debería ser de obligada lectura para todos los adolescentes del mundo, Siddharta (una de mis obras favoritas que narra las experiencias vitales de Siddharta y su búsqueda personal hacia lo trascendente), Narciso y Goldmundo, El lobo Estepario, Cuentos maravillosos…y muchas otras.
Pero hoy nos detendremos en una recopilación de cartas, artículos y ensayos que recogen el sentir de este genio del siglo XX en un libro llamado “Mi credo”.
Cuando Hesse se refiere a credo no pretende ser pretencioso y proclamar que ese es el credo que debería ser, o el auténtico credo, simplemente es su credo, un credo más de entre los muchos que pueden haber, aunque a la vez diferente, ya que según decía el autor este credo lo sentía en lo más profundo de su ser, no se podía llegar a él ni por la fuerza ni obedeciendo órdenes, simplemente sintiéndolo.
En esta recopilación nos encontramos múltiples referencias a tradiciones milenarias como el zen, el taoísmo y su fundador Lao Tsé (algunos creen que fue un personaje mítico y que no existió en realidad), el Confucianismo y su fundador Confucio, el I Ching o arte milenario de la adivinación Chino, las pláticas de Buda y la sabiduría hindú, con toda su riqueza de dioses, colores, olores y sabores.
En ellas Hesse no solo quiere reflejar un saber ancestral basado en culturas muy diferentes a la nuestra sino que pretendía abrir una ventana a la curiosidad de sus conciudadanos europeos ofreciéndoles pequeñas píldoras de conocimiento que les motivaran a descubrir más por sí mismos, ya que para él ese es el camino de la sabiduría y el crecimiento personal, la propia búsqueda.
Una vez sentadas las bases de las tradiciones orientales Hesse hace un ejercicio de comparación entre la sociedad europea de la época y el mundo oriental, en la cual ejemplifica cuan alejados nos encontrábamos y encontramos aún hoy en día los europeos del verdadero sentido de la vida, muy alejado del materialismo creciente y mucho más cercano al espíritu que reside en todos nosotros, a ese motor invisible que todo lo mueve y que forma parte de todo, a eso que los taoístas llaman el Tao o camino, ese algo que está en todas partes pero que en ninguna se puede tocar.
Os dejo un ejemplo sacado del libro que demuestra el encorsetamiento en el que vivimos en Europa y contra el que todos deberíamos rebelarnos, adoptando una actitud mucho más espontánea, espiritual,positivay cercana a lo que la vida realmente es.
“Me siento en el tren y observo a dos jóvenes que se saludan porque la casualidad los ha reunido para un breve espacio de tiempo. Su saludo es, realmente, casi una tragedia. Estos dos seres inofensivos parecen saludarse desde los hielos de dos polos opuestos – no hablo, naturalmente, de malayos o chinos, sino de europeos modernos -; dan la impresión de estar encerrados en una fortaleza de orgullo, de orgullo en peligro, de recelo y frialdad. Lo que hablan, si bien se observa, es de una insensatez total, es un jeroglífico helado en el mundo sin alma donde vivimos constantemente y cuyas estalactitas penden siempre sobre nosotros. Muy raro, extremadamente raro, es el hombre que en la conversación cotidiana manifiesta su alma. Son más que poetas, son casi santos… ….Nuestros dos jóvenes europeos del tren son muy diferentes. Dan pocas muestras, o ninguna, de poseer un alma; parecen constituidos por una voluntad organizada, una razón, un propósito y planes. Han perdido el alma en el mundo del dinero, las máquinas y la desconfianza. Han de volver a encontrarla, y si esto les supone un esfuerzo, enfermarán y sufrirán. Pero lo que recuperarán ya no será el alma infantil, perdida, sino otra más sutil, más personal, mucho más libre y responsable.
La conversación se hace en un lenguaje rudo y primitivo:
- Buenos días – dice uno
- Buenos días – dice el otro
- Permite? – el primero
- Claro – el segundo
Con esto se ha dicho lo que se pretendía decir. Las palabras no tienen ningún significado, son puras fórmulas adornadas del hombre primitivo, y su objeto y valor son los mismos que los del anillo que un negro se cuelga de la nariz. Son palabras de cortesía y sin embargo el tono es breve, cortante, frío, por no decir hostil. No hay motivo de disputa pero la expresión y el tono son fríos.
Su propósito es ocultar su yo más íntimo, su alma.
Si ahora uno de los jóvenes hiciera lo que realmente quiere y siente, alargaría la mano a su compañero o le daría una palmada en el hombro y diría algo así: Dios mío, que mañana tan hermosa! Todo brilla como el oro y yo estoy de vacaciones! Verdad que es bonita mi corbata nueva? Oye tengo manzanas en la bolsa, quieres una?
Si hablase así el otro experimentaría un gozo, una emoción, algo parecido a una risa y un sollozo al mismo tiempo, porque sabría perfectamente que lo que le ha hablado era el alma del compañero de viaje…”
He escogido este largo fragmento del libro de Hesse porque creo que refleja perfectamente una realidad en la que todos vivimos, una realidad falsa de formulismos y convenciones que nos hacen menos reales, pero nos protegen tras unos muros de falsa seguridad y tranquilidad. La vida verdadera es risa y llanto, es emoción y calma, es sentimiento y pasión, es esa alma que todos tenemos, y encerrarla tras unos clichés de confort y seguridad hacen que la vivamos menos, que la vida ya no sea tal, y es una pena, ya que esos momentos que tanto nos llenan son aquellos en los que nuestra alma corre libre y gobierna nuestros actos, no la encerremos más bajo muros de inseguridad y falsedad.