La historia de Abel, capítulo I
Eran las 12 de la noche y como cada día sonaba el despertador puntual a su cita. Abrí los ojos y martilleé el despertador de arriba a abajo, como me gustaba hacer, era un movimiento perfectamente sincronizado, movía mi brazo hacia arriba, lo dejaba suspendido durante dos segundos y de repente lo lanzaba a toda velocidad en un movimiento relampagueante hacía el despertador. Aquello me hacía sentir una especie de samurai perfectamente entrenado que ejecutaba de manera precisa un golpe mortífero, al principio acompañaba el gesto con un pequeño sonido al estilo Bruce Lee, pero desde que una noche en vez de un grito me salió un gallo decidí que no lo haría más, un samurai no necesitaba gritar, actuaba y se acabó, no necesitaba grititos de niña ni nada por el estilo.
Me levanté siguiendo el protocolo habitual, primero bajaba la pierna derecha y luego la izquierda, aún recuerdo la única vez que no lo hice así, aquel día todo me fue mal, al salir a la calle una moto pasó por encima de un charco salpicándome de lleno el traje nuevo que me había comprado en los chinos el día anterior. Tuve que volver a subir a casa para ponerme el mismo jodido traje de cada día. Aquellas cosas me cabreaban soberanamente, y cuando estoy cabreado solo hago que joder las cosas, y así me fue aquel jodido día de abril. Llegué tarde al curro por culpa del desafortunado incidente con la moto, el jefe nada más llegar vino hecho una fiera hacia mí. – Ramírez!!!!! Estoy hasta los huevos que se pase la disciplina por el mismísimo #… Y sigue llevando el mismo asqueroso traje de siempre, ya lo sabía yo, un palurdo como usted era incapaz de innovar, toda la cháchara de ayer era basura, como siempre!!! Es usted un mierda!!
La vena de mi frente se empezó a hinchar de manera incontrolable, un día me vi en un espejo antes de emprenderme a golpes con un portero de discoteca y me dio la sensación de que tenía una culebrilla inquieta recorriéndome la frente, fue bastante desagradable, aunque en el fondo me gustó la imagen de psicópata desquiciado que me proporcionaba. Pensé en no decir ni una palabra y simplemente patearle esa cara de pusilánime gusano que tenía, eran demasiados años soportando la misma mierda día sí y día también.
Al final decidí aguantar un poco más, pero mi jefe la jodió. – Srta. Bollo (el muy jodido le había puesto ese mote el día que se enteró que Lidia era lesbiana) éste desgraciado se merece que lo despida o que le obligue a besarme los pies?
Lo siento, reconozco que debí haberme controlado, pero el día había empezado muy mal, de hecho las circunstancias iban en mi contra de una manera absoluta y sin fisuras. Lo que pasó a continuación no duró más de 10 segundos, de hecho cada vez que me acuerdo me suena una musiquilla en la cabeza que acompaña la sucesión de imágenes a cámara lenta, a veces me suena AC DC, otras el requiem de Mozart, la verdad es que no se muy bien porque me pasa esto, pero es fantástico. Me acerqué a él, le miré a la cara, le escupí a los ojos y le pegué con todas mis fuerzas y el puño bien cerrado en toda la boca de gilipollas que tenía. El éxtasis vino al ver como le saltaban tres dientes de un plumazo, joder que placer!
Obviamente no esperé a que me despidiera, debería haberme ido mucho tiempo antes, pero aquella fue una manera estupenda de hacerlo. El problema vino después al contarle la hazaña a mi novia. Los improperios que salieron de su boca siguen resonando como un eco infinito en las paredes del piso de mala muerte en el que me arrastraba aquella época. Jamás habría creído que alguien tan menudo pudiera vomitar aquella sarta de sandeces de una manera tan ininterrumpida. Me dejó. Tampoco me supo mal. Quizá no debería verlo como un día de mierda, quizá gracias a una moto y un traje nuevo manchado de agua sucia mi vida empezó de verdad aquel 20 de abril de 1999.