El Padrino
Hasta hace una semana todo lo que sabía de “el padrino” es que era un trilogía de culto, una de esas obras eternas que de vez en cuando asombran al mundo y permanece en la memoria de la gente. Quizá por ese peso que lleva consigo siempre me había dado mucho respeto, es como uno de esos volúmenes gruesos de Dostoievski o como el Ulises de James Joyce, los admiras hasta sin haberlos leído porque subyacen en la memoria colectiva de tanta gente que llegan a introducirse en la tuya sin necesidad de conocerlos directamente.
Siempre había pensado que mi momento para verla llegaría, de hecho tenía la trilogía en mi casa desde hace más de un año, cuidadosamente guardada en el cajón donde tengo todas mis películas. La joya se encontraba ya en casa pero el respeto que me imponía hacía que nunca encontrara el momento. Me gustará? No me gustará? No, no puede ser que no me guste….todo el mundo habla maravillas de las películas de Coppola, son una de las obras maestras del cine, por no decir la gran obra maestra, definitivamente no puede ser que no me guste. Cuando estás tan condicionado por la opinión global acerca de una película, libro o cualquier manifestaciñón artística solo haces que desvirtuar tu propia sensibilidad y acercarte a la obra con prejuicios positivos o negativos, lo cual, obviamente, desvirtúa tu opinión de la misma.
No sé porque motivo concreto la semana pasada decidí empezar a ver “el padrino” parte I, quizá me ayudó el hecho de haber visto que en la Paramount le estaban dedicando un ciclo de reemisiones o quizá simplemente algo dentro de mí me dijo que ahora era el momento.
No seré yo quien de una opinión de la película, me iría infinitamente grande el reto, solo puedo tratar de explicar lo que he ido sintiendo a lo largo de estos 7 maravilloso últimos días.
Cuando le di al play hace una semana sabía que estaba empezando a ver un trocito de historia, así que me puse cómodo y me dejé llevar, no hicieron falta más de 15 minutos para que todo lo que me rodeaba desapareciera, ni siquiera me di cuenta en ese momento, pero tenía la sensación de ser un Corleone más, o quizá no, quizá detestaba lo que eran y simplemente los odiaba, pero esa es una de las grandezas de esta trilogía, llegar a querer a unos personajes a pesar de odiarles, u odiarles a pesar de quererles…
Vito Corleone me impuso un respeto tremendo desde el principio, quizá será porque siempre he tenido mucho respeto por la típica figura del cabeza de familia a la antigua usanza, uno de esos hombres de antes, de espaldas anchas, gesto tranquilo y sosegado pero lleno de energía y determinación a la vez, con una voz grave que penetra hasta lo más profundo y una mirada inquisitiva que desnuda todos tus pensamientos.

Y luego todos sus hijos, Sonny, el impulsivo hijo mayor del Don, alguien con carisma, con esa arrebato pasional desenfrenado que se desboca si ve amenada la seguridad de la familia, porque que es sino “el padrino” entre otras cosas, una gigantesca y apoteósica Oda a la familia, ese núcleo en el que todo nace y muere, un lugar en el que sentirse protegido y amado o una trampa de la que es imposible escapar.
Fredo es ese alma en pena, en busca de una gloria que creía suya pero que el destino le arrebató para colocarle en un segundo plano que cree no merecer. Pero como no querer a Fredo…tan frágil y débil que sientes que es quien más protección y amor necesita.
Connie es un personaje que me fue atrapando con el paso del tiempo, la hermana que vive a la sombra de sus hermanos, en el papel que le tenían reservado a las mujeres en esa sociedad tan patriarcal. Alguien que irá evolucionando y encontrando su lugar al lado de Michael, llegando a conseguir un poder difícil de imaginar al principio de la primera parte.
Y como no, Michael, Don Michael Corleone, el sucesor de Don Vito, un Al Pacino tan brutal que te aplasta con su gesto, su mirada y sobretodo sus silencios. Michael es de esas personas que atemoriza más cuando te mira en silencio que cuando te habla, y ese es su verdadero poder y su gran atractivo.
Y que decir de ese estupendo Consigliere en las manos y rostro de Robert Duvall, alguien que es como un hermano, al lado de la familia en todo momento, con una fidelidad que los Corleone valoran por encima de cualquier otra actitud.

Cuando acabé de ver la primera película me sentí inquieto y sosegado a la vez, era de noche y mi comedor estaba en penumbra, casi como si fuera un plano más del despacho de Michael, su prolongación, inquietante y sereno a la vez. Me encantó el plano de la puerta cerrándose ante la mirada temerosa de Kay, sabedora de que su tragedia empezaba en ese instante, el mismo en que oficialmente empezaba la grandeza de Michael. Porque “el padrino” tiene sobretodo eso, multitud de momentos cumbre que se me han quedado grabados en la memoria como si fueran parte de mi propia historia.
En “el padrino” parte II la brutalidad de Michael se desborda con total libertad, pero es una brutalidad pasional y contenida a la vez, calculadora siempre, sabedora de su próximo movimiento.
Como no llorar por la muerte de Fredo en ese plano magistral con el hermano mayor recitando la salve y el hermano menor asumiendo su órden a través del ventanal, con la mirada fija y perdida, rebosando una serenidad de quien no perdona la traición pero asumiendo que ese momento le perseguirá toda su vida.
Y que decir de la música de Nino Rota y del padre del propio Coppola, otra obra maestra que te traslada a una Italia anclada en el pasado, llena de rencor y orgullo, con tintes de tragedia clásica, de perfume violento y pesado que te rodea y te nubla la conciencia. Esa música contiene todo lo que es “el padrino”, es “el padrino” en sí misma.
Con “el padrino” parte III se cierra el círculo, con un nuevo Don en la figura de un Andy García que parece la viva imagen de su padre Sonny y que va adquiriendo el ritmo pausado y calculador de su tío Michael.
Solo puedo decir que, aunque me lo esperaba, ver la tragedia en los ojos de Michael al sostener a su hija muerta me heló la sangre, es plano con Al Pacino gritando con la boca abierta mientras Anthony sostiene a su madre rota por el dolor es el epílogo perfecto a esta historia de crimen y amor, poder y vendetta, avaricia y familia, Italia y América.
Hoy solo pienso en volver a verlas otra vez, en saborear todos los detalles, sabedor que irá revisitándolas tantas veces como sea necesario porque ya forman parte de mí, con una mix de sentimientos encontrados, feliz y eufórico por haber disfrutado de algo maravilloso, y triste porque no volveré a sentir la misma emoción de verla por primera vez.
Bandas sonoras de nuestra vida VIII: Jurassic Park
A principios de los 90 Steven Spielberg volvió a sorprender a la industria del cine resucitando a los dinosaurios de una manera tan espectacular que hizo avanzar el mundo de los efectos especiales un paso más allá.
Los gigantes y casi mitólogicos animales de la prehistoria pasaban a formar parte de nuestra cotidianidad por obra y milagro del mago Spielberg, un visionario que ha ido trufando de mitos cada década desde que inició su carrera allá por los años 70. El llamado Rey Midas de Hollywood ha ido sembrando su carrera con momentos mágicos elevados a la categoría de divinos gracias, en parte, a la sabia y cuidada elección de sus bandas sonoras, muchas de ellas a cargo del maestro John Williams.
Viendo la primera escena en que Sam Neill y Laura Dern ven a los dinosaurios, la música de John Williams no hace sino acercarnos la emoción que los dos pleontólogos pueden sentir al ver aquello que tanto han amado desde jóvenes, dándonos una muestra de la inmensidad del momento.
Los violines van agudizando su sonido, alargando las notas en un ascenso de intensidad al que se suman los tambores, es como si el ritmo del corazón de los paleontólogos fuera in crescendo hasta llegar al éxtasis en el momento en el que aparecen los primeros brontosaurios ante sus ojos y el eco de la música inunda el plano tanto o más que los propios animales.
Una banda sonora deliciosa y elegante, espero que la disfrutéis!
Bandas sonoras de nuestra vida VI, Éxodo
El pueblo judío ha sufrido persecuciones a lo largo de toda su historia, la gloria del Rey Salomón queda muy atrás, y solo la consecución del Estado de Israel consiguió que volvieran a tener el espacio físico que tanto habían añorado, aunque esa decisión trajera como consecuencia uno de los períodos más turbulentos de su larga y difícil historia. Pero ese tema espinoso mejor lo dejaremos para otra ocasión.
Lo que aquí interesa es la fenomenal película de Otto Preminger, en la que se narran los sucesos acaecidos a bordo del buque ”Éxodo”, pues así es como lo bautizaron los judíos, en recuerdo al Éxodo primigenio de Moisés, en el cual él y todo el pueblo judío huyó de la esclavitud egipcia en la que había estado sumido, y vagó por el desierto durante 40 años en busca de la tierra prometida.
Pero volviendo a la película, nos sitúa en esos cruciales días después del genocidio nazi en la segunda guerra mundial. Un grupo de valerosos hombres, mujeres y niños se enfrentó al mundo con el poder moral de su sufrimiento como estandarte, su convicción religiosa como escudo, y su anhelo por regresar a la que creían su tierra por derecho, como el arma más poderosa.
Los aliados, en una decisión que cambió el curso de la Historia, decidieron adjudicar parte de la tierra de Palestina a los judíos, creando de esta manera el Estado de Israel.
A bordo de ese barco los penetrantes ojos azules de Paul Newman, inmenso en el papel de Ari Ben Cannan, liderando a un grupo dispuesto a todo, incluso a la muerte, por conseguir lo que por justicia creen que es suyo, junto a una belleza de tintes clásicos como Eva Marie Saint, la enfermera británica que, por amor, se acaba uniendo indisolublemente a la causa de Ari.
Y todo ello bajo la batuta musical de Ernest Gold, quien consiguió el Óscar por la banda sonora de la película.
Gold creó una música en mayúsculas, de esas que aportan aún más trascendencia a las imágenes, una de esas melodías que al escucharlas sabes que están narrando algo grande, algo histórico, con pinceladas de esos acontecimientos bíblicos que tanto influyen en el pueblo judío, un pueblo acostumbrado a levantarse tras cada revés, que cree en sí mismo como una comunidad marcada por el destino, elegida por la divinidad para ser sus más altos representantes en la tierra.
En definitiva, una música con letras de oro
Las bandas sonoras de nuestra vida II, Requiem for a dream
La banda sonora de “Requiem for a dream” es una obra maestra de nuestros tiempos, en la que el ritmo de los violines se nos meterá tan dentro que no sabremos si forman parte de nosotros o es pura ilusión.
La música empieza con un violín alargando sus notas, mientras poco a poco otro violín se suma a la fiesta en una suave réplica, se entrelazan y van tejiendo un lamento, un gemido sordo que suplica ayuda, la música se para.
De repente el ritmo se inicia otra vez, pero ahora la cadencia sube, se va incrementando, subimos por una espiral sin freno, la música nos va acelerando, las voces se oyen de fondo, y un primer estallido parece que va a hacer que nos detengamos, pero el ritmo es imparable hacia arriba, todo se descontrola, los sentidos se vuelven locos queriendo alcanzar lo inalcanzable, el infinito es nuestra meta, nada es imposible, la melodía es un torrente sin destino ni control que nos sacude con violencia, hasta que de repente un muro aparece de la nada, y Bam!!!
Un golpe furioso nos hace zozobrar, nuestra cabeza parece que va a estallar esparciendo sus restos gelatinosos por todas partes, los ojos se quieren salir de las órbitas, los oídos parecen sangrar y la nariz nos quema, nos arde, se abrasa en una pieza macabra, infernal y contagiosa, de tanta calidad que parece irreal, que no parece escrita por alguien de este planeta, es una pieza que narra el dolor, la confusión, el sufrimiento, la droga y el mono, que narra lo invisible y lo visible, lo imaginado y lo que jamás existió, una música de película, una música que sale de los sueños, un Réquiem por un sueño.
Que la disfrutéis!
Súper 8, recordando a E.T. pero a mucha distancia
Este pasado miércoles me fui al cine con la esperanza de rememorar ilusiones de mi infancia. En mi cabeza rondaban imágenes que forman parte del imaginario de toda una generación. Aquellos niños de Los Goonies teniendo aventuras increíbles, o sus alter ego de E.T., en la que una pandilla era capaz de desafiar a todo un ejército americano en defensa de la amistad con una criatura venida del espacio exterior y que con apenas dos palabras en su vocabulario (mi casa, teléfono) se ganó los corazones de millones de personas en todo el mundo, que vieron en la amistad de Elliot y E.T. un espejo donde mirarse, sin duda Steven Spielberg había creado un referente cimetográfico para la posteridad, uno más con su sello inconfundible.
Cada vez que recuerdo E.T. me vienen a la cabeza, a parte de las ya mencionadas palabras célebres de nuestro peculiar protagonista, dos cosas. La primera es sin duda la imagen de Elliot llevando a E.T. en la cesta delantera de su bicicleta y como ésta se elevaba hacia el cielo con la luna de fondo, probablemente sea una de las imágenes más recordadas de la historia del cine, y la segunda es su impecable banda sonora compuesta por el maestro John Williams. Aquí os dejo un fragmento de la escena en que Elliot escapa de la policía gracias a la ayuda de su inseparable amigo, pone los pelos de punta el momento en que se empieza a alzar la bici con la música de Williams despegando al unísono.
Con estas imágenes en mi retina me dispuse a evocar similares sensaciones con Súper 8. Los ingredientes no podían ser mejores, esencia ochentera, producción del maestro Spielberg y dirección para el nuevo gurú de Hollywood, J.J. Abrams.
He de decir que la película discurre con mucho ritmo, enseguida te metes en la trama gracias en parte a un reparto infantil soberbio, pero la magia no aparecía por ninguna parte, y los intentos de provocar una emoción sensiblera al final de la película me parecieron más que forzados, aquello que E.T. conseguí por sí solo, Súper 8 lo intentaba forzar sin éxito en mi opinión.
De todas maneras es una película que entretiene, aunque vaya de más a menos.