La magia del cine clásico
Cada año me repito lo mismo, esta vez no! Intento convencerme para salir de casa, resistir a mis instintos, pero como cada año vuelvo a sucumbir, vuelvo a ser débil ante la tentación de ver por enésima vez “Lo que el viento se llevó”.
Reconozco que me encantan los grandes clásicos de Hollywood, y este es, ha sido y será uno de los grandes de todos los tiempos, sobretodo de los tiempos del Gran Hollywood, ese con el que la generación de nuestros padres y abuelos soñaban, ese en el que los actores y actrices eran Dioses de un Olimpo que parecía de otra galaxia distinta a la nuestra, en la que los sueños se realizaban y las princesas y los príncipes tenían sangre de celuloide.
De entre todos ellos este es sin duda mi favorito. La grandiosidad de su historia y sobretodo de sus personajes hacen de esta una epopeya inigualable, donde 2 fuerzas de la naturaleza chocan y se quieren a partes iguales, derrochando una pasión, sensualidad, descaro, personalidad y fortaleza vital sin parangón.
Vivien Leigh y Clark Gable interpretaron a múltiples personajes en sus vidas, fueron iconos de la gran pantalla que trascendieron a todos sus personajes, bueno, a todos menos a uno. Para los millones de personas que se emocionaron leyendo la novela de Margaret Mitchell, y que lloraron y rieron con la película, ya nunca más volvierona ser Vivien Leigh y Clark Gable, sino que para siempre fueron Scarlett O’Hara y Rhett Butler, la pareja más pasional de la historia del cine.
Jamás alguien habló tan claramente sin abrir la boca, esos ojos verdes han sido una de las voces más elocuentes de la gran pantalla. La ira, el amor, la decisión y el orgullo bailaban en sus pupilas en un precioso y preciso alarde de expresividad elevado a la categoría de arte. Scarlett O’Hara es un personaje que ha trascendido a generaciones, en cuya fuerza se han mirado miles de mujeres, de cuya belleza se han enamorado miles de hombres, y de cuyo coraje hemos aprendido todos, eso si, envuelto en un papel de codicia, ambición y desprecio por los sentimientos ajenos.
Scarlett es un personaje mitad huracán mitad ciclón, arrasó con todo para prevalecer, aferrada al sentimiento más fuerte que gobernó su vida, el amor a su tierra, Tara.
Memorable es la escena en que ella se aferra a su tierra y jura que jamás volverá a pasar hambre, y sin duda que lo consiguió, contra viento y marea, por encima de todo y de todos.
Delante de ella, el descarriado Capitán Rett Butler, el seductor por antonomasia, alguien capaz de estar con mil mujeres y no querer a ninguna. Alguien para quien no existía nada más que él mismo, pero que bajo esa capa de vanidad y pasotismo escondía a un hombre de nobles sentimientos, carácter recio y fuertes convicciones, que fue a enamorarse de la única mujer que no lo podía hacer feliz, Scarlett.
Ese amor fluye por la película como una presa a punto de reventar, al principio simplemente hay una leve grieta por la cual se escapa el primer hilillo de agua, pero la presión de esa relación hace que esa estrecha rendija se vaya tornando cada vez más amplia, fotograma a fotograma el agujero se va abriendo hasta que la fuerza incontenible de la naturaleza toma su curso derribando los muros de la arrogancia y la petulancia de Scarlet, dejándose ir incontrolada ladera abajo, arrasando con todo, incluidos ellos mismos, en una cauce directo al precipicio.
Una película que volveré a ver sin duda las Navidades que viene, a pesar de que intentaré resistirme otra vez estoy convencido de que no lo conseguiré, de todos modos que más da, ya lo pensaré mañana, o el año que viene…
